Declaración de intenciones


Hola,

soy una mujer a punto de cumplir 30 años. Periodista, con carrera de Humanidades y actualmente cursando un máster que no sé si conseguiré finalizar a causa de una lucha con mi entorno, mi ciudad y mi pasado. He decidido paralizar cualquier otra actividad, a costa del trabajo y del dinero que no me queda, para hacer patente una realidad que no sólo ha sido cierta, sino que a día de hoy está siendo casi imposible que nadie le otorgue credibilidad. Inicio este blog y todas las demás acciones, a riesgo de perder todo lo que tengo, propiedades y dinero, con el fin de conseguir el reconocimiento de médicos y sociedad. Hasta el momento sólo he conseguido recoger desdén y escepticismo para una historia que no sólo ha destrozado mi vida sino que ha llegado al límite de destruirme como persona.

En 2005 inicié un viaje a México gracias a la beca de la Universidad en la que estuve 6 meses estudiando, y dos y medio viajando por el país. La mayor parte del viaje la hice sola, en malas condiciones por la vida del mochilero. Siempre he sido una persona arriesgada, comí en la calle, me bañé en lagos y ríos de dudosa salubridad e incluso mantuve relaciones sexuales, aunque siempre con preservativo. Todo era normal hasta que volví a Europa. Hasta entonces mi historia clínica desde pequeña no había tenido ningún incidente. Desde que volví todo fueron una serie de complicaciones que a día de hoy, 7 años después de la vuelta, nadie de mi alrededor es capaz de creer.

Llevo en mis diarios escritos toda la serie de complicaciones y síntomas que poco a poco se fueron acentuando con el tiempo. Nunca hasta entonces había tenido gases de ningún tipo, y en general ningún tipo de problema gástrico. Una vez pisé Europa, con el cambio climatológico, empecé a tener persistentes ataques de flatulencia diaria que no tenía ni idea de porqué habían aparecido. Además, a ritmo acelerado, fui teniendo cada vez más heces, cada vez más blandas y casi diarreicas. A pesar de que durante los largos años que estuve sufriendo todos estos síntomas también pasé por algún período de restreñimiento, éstos fueron cortos y ocasionales.

Siempre me he distinguido por ser una persona que come en exceso. A pesar de ello, tras mi vuelta de México, no conseguía engordar e incluso adelgacé, junto con otros síntomas como la palidez y pérdida de vitalidad en el cabello. Pero no sólo eso, sino que también tenía problemas de respiración, me afectaba hasta el habla, que a partir de entonces aparecía como tartamudeo. Por otro lado, tampoco podía tomar medicinas o alcohol. Éstos me afectaban sobre manera, hasta el punto que aún entrando en depresión, dejé de tomar las pastillas recomendadas a causa de los problemas estomacales derivados. En el alcohol, no podía ya salir a tomar copas, ya que éstas me afectaban de forma exagerada y acababa perdiendo el control. Por no hablar de las resacas, que eran imposibles de recuperar el estado general en menos de 3 días. Tenía 22 años.

Acudí a dos médicos de salud pública de mi ciudad, Barcelona. Uno en el Hospital de Sant Pau y otro en el Cap de Valldoreix. En los dos me hice repetidas pruebas y a pesar de la insistente búsqueda de causas, ningún análisis daba resultados positivos sobre parásitos u otras causas relacionadas. Nunca acudí al centro de infecciones tropicales del Hospital Clínico de Barcelona. En ese entonces no sabía que existía y a pesar de que había explicado y repetido en todas las ocasiones que todos los síntomas habían aparecido después del viaje a México, ningún doctor me recomendó ir a pedir consejo.

El diagnóstico final era colon irritable. Se curaba con tranquilidad y buenas prácticas (deporte, dieta, dejar de fumar...). En esa época no era tan fácil, tres meses después de mi vuelta a mi madre le diagnosticaron un cáncer de vejiga, que tras muchas quimioterapias, acabó llevándole a la muerte casi cuatro años después, tras sufrir una metástasis final. Mis padres están separados, mi hermano vivía en Alemania y tenía un hermano enfermo al que cuidar a pesar de la chica que vivía con nosotras. A pesar de lo mal que me encontraba y de que en esos momentos quería tomar la decisión de marcharme ( a causa de la verguenza de no poder controlar los gases diarios -más de 60 expulsiones al día-, la diarrea y un tenesmo que llegó a sacarme el esfínter tres centímetros por debajo del ano), me quedé a su lado intentando continuar una vida "normal". A causa del tenesmo, también sufría constantes ataques en la zona lumbar de la espalda que me hacían imposible levantarme con normalidad por el dolor que sufría hasta estar en pie. Me quedé diversas veces en cama por ello, pero tenía que seguir. Según me indicaban los médicos era puramente psicológico, sólo cambiando de vida se podría arreglar.

Pero seguía en la misma casa, en la misma ciudad, con los mismos amigos y conocidos que habían crecido conmigo. Cuando volví de México tenía una relación, pero llegué con una serie de infecciones en la cara y en el ano que daban bastante asco, así que me dejó. Tenía algún otro amigo que decidí abandonar por miedo a la verguenza. Así que me prohibí cualquier relación sexual. Todo se fue destruyendo a mi alrededor. A pesar de que la verguenza hiciera que nadie comentara nada, sí había risas en el trabajo por mi incapacidad para contener los gases, así como muchos de mis colegas se fueron alejando silenciosamente por la verguenza que daba el tener a alguien al lado con la sensación de tener ganas de ir al baño constantemente.

Decidí dejar de comer durante la mayor parte del día y restringir mi dieta a alimentos blandos, similar a la del hospital. Comencé a hacer deporte y dejé de fumar. Ningún síntoma remitía. Al cabo de 7 meses, volví a fumar. Aunque seguía consultando todos los médicos y haciéndome todas las pruebas posibles, todo parecía normal, y no podía ocuparme de todo, ya que estudiando por las mañanas, trabajando por las tardes, y por la noche atendiendo en la medida de lo posible a mi madre, a penas tenía tiempo de cuidarme.

Mi madre murió el 30 de agosto del 2009. Fue un drama, yo cada vez estaba más excitada por no poder soportar el estado de mi cuerpo y por el dolor emocional que sufría al no poder ayudarla, o incluso peor, al ser para ella la fuente de verguenza pública en el trabajo y entre los amigos. Tras la muerte de mi madre estuve ocho meses sin trabajar para dedicarme exclusivamente a cuidarme. Pero tampoco arregló demasiado el estado general.

Ya había investigado en internet por mi cuenta algunas posibles enfermedades relacionadas con todos mis síntomas. Me daba la impresión de que podía ser una infección por amebas, comunes en México y que se transmitían por aguas infecciosas, alimentos o transmisión sexual. Cualquiera de las causas podía ser posible. Sin prescripción médica y con bastante desesperación, en octubre del 2010 decidí hacer un tratamiento de Flagyl, metronzitanol. Tras una semana y perdiendo 3 kilos, por primera vez en 5 años pasé más de 10 días sin gases y la persistente diarrea remitió en cuestión de días. Aquello fue un milagro.

A pesar de que después fui al departamento de medicina tropical del Clínico para ver si se descubrían pruebas de infección, también dieron resultados negativos. No tenía ninguna certificación médica, pero ¿cómo querían que no creyera que toda la causa se derivaba de una infección por bacterias tropicales? Y, a pesar de las ganas de que tenía de interponer una demanda médica, ¿cómo podía certificarla si ningún resultado confirmaba la historia clínica? A pesar de la rabia y del enfado, decidí aparcarlo, ahora estaba curada y podía volver a mi vida normal.

Dos años después no ha sido tan fácil como hubiera creído. A día de hoy me estoy medicando ya contra la depresión porque la consideración y toda mi vida se ha visto afectada por un pasado en el que cualquier persona conocida me considera ya una inválida, histérica o simplemente un saco de mierda. Todas ellas manifestaciones exteriores ciertas. Pero ninguno de ellos es capaz de creer en que todo fue derivado de una infección.

Estamos en una crisis mundial en la que la búsqueda de trabajo se está conviertiendo en imposible. En el mundillo cerrado de mi ciudad todos me conocen y nadie está dispuesto a contratarme. En los dos últimos trabajos se han aprovechado laboralmente, imponiéndome condiciones inhumanas (horas extras sin remunerar, carga laboral excesiva y tareas que exceden las competencias prometidas en mi posición laboral), así como vejación contínua a mi persona: insultos, descalificaciones, falta de cordialidad y respeto. En el último incluso hubo hasta un indicio de violencia, con estirones de ropa y tirada de papeles a la cara.

No puedo denunciar nada de todo ello por diversas causas. Desmotivación moral, falta de pruebas consistentes y aceptación de la impotencia y pérdida total de esfuerzo que supondría. No soy una persona rica y mis padres no me han regalado nada, pero a día de hoy no me veo capaz de continuar con ninguna otra actividad hasta que demostrar que esto ha sucedido y que ha condicionado mi vida, personalidad y hasta mis relaciones personales y laborales. Mi intención es no cejar hasta que mi entorno, al menos, reconozca lo que ha sucedido y entienda y comprenda mi comportamiento y mi historia personal.

Evidentemente las pastillas ahora es para evitar un suicidio que parece del todo inminente. Antes de ello por eso, he decidido optar por una última lucha para poder conseguir el amor, cariño y el apoyo de las personas que me han acompañado. Si aún con todas las pruebas que puedo reunir y con la explicación de toda la historia no consigo ser tratada como una persona según sus capacidades tanto intelectuales como emocionales, al menos estoy escribiendo estas líneas para que se conozcan públicamente las causas que ciertas o inventadas me llevan al extremo de quitarme la vida.